Señales de vida – microrrelato

Señales de vida – microrrelato

Su nariz era afilada como la aleta de un tiburón plateado. El canto de su apéndice nasal brillaba y se diría que algún día el hueso rasgaría la capa de epidermis. El hombre se deslizaba por el aula con sigilo como si buceara en un elemento denso: los brazos pegados siempre al tronco, las manos escondidas en los bolsillos, las piernas adheridas por el interior del muslo. Sus ojos solían estar pendientes de un punto más allá de los límites de las paredes. Nunca vi que cruzara su mirada con nadie. El profesor de latín sólo vestía de gris. Ni siquiera cuando, a mitad de curso, supimos que se quedó viudo, cambió su atuendo. Yo, que estaba decidida a encontrar una muesca de vida en su anatomía, creí percibir una sombra más oscura en sus ojeras.

Agazapada en uno de los rincones posteriores de la clase y casi oculta tras mi pupitre de formica verde quirófano, solía diseccionarlo como una niña que hurga en la cocina a escondidas de su madre las vísceras de un pez abierto en canal. A menudo me preguntaba si su sangre podría caldear su interior, si su cuerpo no resultaría viscoso al tacto, y sobre todo, si su esqueleto no estaría compuesto de puntiagudas espinas transparentes en lugar de huesos. Sus maneras me parecían propias de los fondos abisales y aquella distancia insalvable era un enigma.

Con una voz aflautada, asexuada tal vez, nos trataba como a cosmopolitas alumnos de un elitista colegio británico. Mis compañeros se burlaban de aquellos modales que los situaban en un lugar desconocido, en un mundo del que no tenían noción. Se sentían incómodos al ser tratados como seres potencialmente inteligentes. Nuestro profesor obviaba el hecho de enseñar en un instituto de barrio periférico rebosante de adolescentes con el pelo grasoso que no pensaban más que en comprar un cigarrillo suelto en el kiosco y fumárselo dibujando esferas perfectas con el humo.

Durante el recreo, el escualo solía rondar en círculos por el patio central del recinto. Yo lo espiaba a través de la ventana de la tercera planta en la que se ubicaba mi aula. No añadía un chubasquero a su atuendo si llovía ni se quitaba el delgado jersey de lana cuando el sol convertía el asfalto en brea líquida. Nadie se le acercaba, ni profesor ni alumno, y no almorzaba ni tomaba bebida alguna. Era como un prisionero resignado a un destino que no comprendía aunque no hiciera otra cosa que intentarlo.

Poco antes de las vacaciones de verano, se declaró otra huelga en la enseñanza. La noticia llegó al instituto a la hora del descanso, mientras yo lo vigilaba desde las alturas de mi faro solitario. Entonces, como una marejada ordenada por Neptuno, decenas de alumnos acompañados de piquetes comenzaron a inundar las escaleras creando un rumor que aumentaba de volumen a medida que avanzaba hacia los pisos más altos. De repente, la puerta de mi clase se abrió en tromba como el dique de una presa y en cuestión de segundos me encontré rodeada de una masa de seres sudorosos y vociferantes que parecía que habían obtenido una libertad largamente denegada. Recogieron las mochilas colgadas de los respaldos de las sillas, los libros que habían abandonado sobre las mesas y las prendas colgadas del perchero. Y abandonaron la clase con el mismo impulso arrasador con el que habían entrado. El suelo quedó cubierto de piedras y palos que dejaron abandonados los huelguistas.

Abajo, en el patio descubierto, el profesor permanecía ajeno a lo que ocurría hasta que, de golpe, se le doblaron las rodillas y se clavaron en el suelo. Se llevó una mano a la frente y luego la colocó delante de sus ojos, incrédulos ante lo que le estaba sucediendo. Poco a poco fue desmoronándose hasta que quedó tendido en el suelo por completo. Un escuálido reguero de sangre emanaba de su sien e iba creando un pequeño charco que se expandía como una mancha de petróleo sobre el océano. No me quedé a averiguar el dibujo que formaba.

Me alejé de la ventana sacudiendo en mi pantalón de pana la arenisca que la piedra había dejado en la palma de mi mano. Alguien debió socorrerle porque al día siguiente se presentó en clase con un aparatoso vendaje alrededor de su cabeza que lo convertía, por segundo día consecutivo, en un patético ser humano.


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