Peso y contrapeso – Microrrelato

Peso y contrapeso – Microrrelato

Carla lustraba con garbo la barra de formica. Sobre ella atendería a los clientes en unos minutos, cuando empezaran a exigir sus cafés con leche con churros o porras. Le gustaba frotar la modesta chapa hasta dejarla reluciente. Era su primer ritual de la jornada. El segundo consistía en hacer tintinear la campanilla metálica de su llavero mientras se dirigía hasta la puerta. Vivía en un cuarto encima de su bar y lo abría al público desde el interior.

Como cada mañana, el hombre llegó a su hora y pidió en voz baja pan tostado, aceite y tomate natural. Por primera vez, se dirigió a la esquina del mostrador -no a su mesa habitual- comprobó la estabilidad del taburete y se acomodó sobre él. Pidió a Carla el diario y comenzó a hojearlo mientras esperaba su desayuno. Ella trajinaba cerca para poder aspirar el aroma de la colonia que le llegaba al pasar las hojas e imaginó lo agradable que sería meterse en una cama de sábanas limpias con él. Hacía más de quince años que la dueña del bar no se acostaba con un hombre, al menos conscientemente, y su rehabilitación estaba empezando a devolverle un deseo que ni recordaba cuándo había perdido. Veinte meses sin probar una gota de alcohol le habían devuelto la confianza en sí misma. Además, a Carla le gustaban los retos.

También hoy sus ojos buscaron y encontraron los del hombre al servirle el desayuno.

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No acaba de convencerle el grabado recién colgado en su consulta y lo miraba de reojo, intentando encontrar alguna chispa que lo llevara a desear aquel cuadro que había adquirido por recomendación de su galerista. El doctor Jorge Ricanert aparentaba interés en las palabras de su paciente aunque sólo tenía ojos para la imagen que se encontraba en la pared frente a su escritorio. El cirujano plástico desvió la mirada hacia su interlocutor para animarlo a continuar con su monólogo mientras él tomaba una decisión respecto al dibujo. Lo escuchaba a medias y dejaba que el tono elegante y monocorde del hombre arropara sus disquisiciones. Volvió a mirar el grabado y dio, por fin, con una idea: parecía una balanza, un eje con dos brazos diametralmente opuestos y de los que pendían sendos cuencos.

– ¿Y qué es exactamente lo que usted desea? – preguntó solícito.

– Volver a la edad que me corresponde, cuarenta y cinco años – respondió el paciente.

El doctor se apoyó con fuerza en los reposabrazos y se incorporó de su sillón para no tener que enfrentarse a aquel estúpido argumento. Cada vez le costaba más ser quien era. Se creaban tantas expectativas entre aquellas cuatro paredes que sentía miedo.

Tras haber acordado una fecha para la operación, despidió a su paciente en la puerta de la consulta. Se dirigió a su escritorio y se apoyó sobre él mirando hacia la ventana por la que se veía un gran álamo. Volvió a recordar la escena del desayuno en el bar y se preguntó por qué se habría quedado en la barra, junto a Carla (sabía su nombre aunque no se atrevía a llamarla por él). Una vez más se lo repitió a sí mismo: porque deseó estar lo más cerca posible de ella. Le gustaba observarla cuidando de su territorio como si de un quirófano se tratara. Controlaba todos los instrumentos que tenía a su alrededor y preparaba los cafés, los zumos y las tostadas con una precisión de cirujano. Su energía era contagiosa y ése era el único momento del día en que miraba a alguien que estaba vivo y parecía feliz por ello.

Se incorporó, cogió su maletín y antes de apagar el interruptor descolgó el grabado de la pared para devolverlo al día siguiente a la galería.

——

A la noche, Carla apilaba las mesas y las sillas para poder barrer y fregar el bar en condiciones. Después de doce horas sin parar, aquel silencio en la penumbra era el momento más duro. La tentación de tomarse una copa para rematar la jornada era enorme pero ella sabía que la lucha era diaria y que jamás terminaría. Superar ese bache era un reto y cada vez que lo lograba se sentía orgullosa. Echó un último vistazo a su alrededor para comprobar que todo estuviera perfectamente ordenado y limpio, entró a la barra para coger el llavero de campanillas colgado de su gancho y se dirigió a la puerta para cerrarla.

Lo vio tras el cristal. Llevaba un paquete debajo del brazo y estaba encorvado. Su mirada perpleja parecía preguntarle a ella cómo había llegado hasta allí. No se movió ni un centímetro cuando Carla lo invitó a pasar. Entonces, lo cogió de la mano que tenía libre y admiró la tersa piel del médico. Por un instante, se avergonzó de las suyas, ásperas como estropajos. Lo condujo hacia el interior del local que se encontraba casi a oscuras. Cerró la puerta por dentro, corrió las persianas y conectó el aparato de música. El doctor Ricanert la miraba como un niño que observa a la madre que se mueve con soltura por la cocina buscando los ingredientes con los que le hará su pastel favorito. Cuando vio la silueta de Carla acercándose, dejó el cuadro sobre una silla, avanzó unos pasos, inclinó su cabeza y le preguntó si deseaba bailar con él.


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