Perspectivas – Microrrelato

Perspectivas – Microrrelato

Doscientas trece palabras, apenas media columna en el diario local han sido suficientes para informar del triste accidente de Fermín A.J.

Una lámpara de techo de cristal de Murano con más de ciento cincuenta años de antigüedad le ha caído encima y le ha matado. Ni más ni menos. Una herencia de familia con ocho sinuosos brazos de cristal soplado, elaborada manualmente y de maliciosos juegos de color y transparencias ha acabado con el pobre incauto.

Si yo fuera un poeta, que no lo soy, diría que la araña lo ha atrapado en su red. Eternamente.

Lo que la brevedad de la noticia recortada del periódico y abandonada sobre este escritorio Luis XVI no recoge es que fue Fermín quien desencadenó la tragedia. Sin imaginarlo siquiera, introdujo en casa la semilla de los celos y, cuando ésta prende, nunca se sabe qué fruto dará. Otra vez la poesía.

Todo comenzó ayer, cuando el muerto, vivo entonces, compró y trajo a casa una lámpara metálica de mesa con brazo extensible y el muelle a la vista. De Ikea, para ser precisos. ¡Ay Fermín, debiste haberlo sopesado antes! No se crea un santuario doméstico del buen gusto, tapizado de alfombras iraníes, repleto de exquisitas antigüedades francesas e iluminado con las lámparas más rutilantes para, un buen día, profanarlo con funcional diseño sueco.

He oído que el muerto ya tuvo su dosis de extravagancia hará unos años cuando lo de aquella lámpara de hierro forjado sin pulir y pantalla de plástico verde inclasificable. Aquel vahído de mal gusto, la Murano lo entendió como lo que fue: un lapsus.

Pero lo de ayer fue diferente. Desde el techo, la centenaria lámpara lo adivinó nada más ver la expresión de Fermín al sacar de la crujiente bolsa de papel con letras amarillas y azules, la caja de grueso cartón reciclado. Con qué cuidado la desembaló, cuánto mimo para extraer las ocho piezas una a una, qué reconcentrada atención dedicó a las explicaciones del fabricante para montarla y, por fin, cuánto orgullo al ver su obra finalizada. El íntimo deleite de Fermín al encajar el mecanismo de ajuste de la lámpara en el canto del escritorio heló el cristal de la araña.

Desde las alturas, contempló la escena asumiendo en cada gesto del hombre el final de su reinado. En apenas unos minutos, sus orgullosos brazos ondulantes parecieron desmoronarse, su brillo centenario se empañó y sus inimitables colores se volvieron vulgares. Una intrusa de fábrica había relegado a toda una reina de altos vuelos a la categoría de reliquia. Tan pronto como la araña lo supo, lo asumió y al instante, se descolgó. Sólo la mala suerte quiso que Fermín se encontrara debajo.

Al aparente suicidio de la Murano, el periódico lo ha llamado accidente pero yo sé que ha sido un asesinato.


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