El viaje de mi vida

El viaje de mi vida

Mi don se manifestó de forma casual.

Aquella tarde, al salir de trabajar del bufete que compartía con mi marido, deambulaba aburrida y entré en un VIPS. Me dirigí a la sección de libros temáticos ilustrados para comprobar si había alguna novedad. Me encantaba hojear recopilaciones fotográficas dedicadas al arte mandarín, a edificios emblemáticos de Suecia o a la moda de los años 20. Cualquier asunto me atraía. Disfrutaba analizando la composición y el encuadre de las imágenes, aspirando el aroma del papel impoluto y acariciando con mis dedos lo inalcanzable. Los mejores momentos de los últimos meses se los debía a unas cuantas editoriales internacionales con nombres impronunciables.

El libro destacado de la semana era una compilación de retratos de personajes famosos realizados por la fotógrafa Annie Leibovitz cuyo rostro destacaba en la portada. Su pelo era del color de la mantequilla, lo llevaba peinado con la raya a la derecha y le caía hasta los hombros. Su nariz parecía querer expresar algo pero no tenía ninguna posibilidad bajo aquellos ojos, severos y seductores a un tiempo, los ojos de alguien que conoce todos los trucos y sabe que para conseguir su objetivo, precisa de una amabilidad que no siente, sólo utiliza. Al girar el tomo para leer la contraportada, oí que alguien me susurraba “ábrelo y descubrirás un secreto”.

Miré a ambos lados para preguntar si alguien había escuchado lo mismo que yo y comprobé que estaba sola en el pasillo.

La primera fotografía que apareció ante mis ojos fue la de Whoopi Goldberg sumergida en una bañera antigua llena de leche. La cara, los brazos y las piernas quedaban al descubierto: la piel negra y brillante de la actriz contrastaba con la leche blanca y mate. Reconocí la imagen que había visto decenas de veces y entonces volvió a ocurrir algo extraño: olí la leche recién ordeñada que veía en la instantánea.

Sacudí la cabeza pensando que era una alucinación pero a medida que el olor se hacía más nítido, mis dudas se iban disipando. Cerré los ojos para retener el aroma y sentí como propias las arcadas de la actriz cuando tuvo que bañarse en aquel líquido tibio. Whoopi Goldberg aborrecía la leche desde niña: la primera vez que vio una vaca sintió tal pánico que nunca más quiso volver a beberla. Analicé la imagen con una nueva perspectiva, y descubrí que su mirada no se dirigía al objetivo de la cámara sino a la izquierda. Supe entonces que necesitaba a su lado el apoyo de su asistente. La actriz buscaba en aquella mirada cómplice una confirmación de que el mal trago merecería la pena.

Al instante volví a encontrarme en el VIPS. Intrigada por lo que acababa de sucederme deduje que lo más acertado sería buscar indicios de algún trastorno mental transitorio. Intenté recordar si seguía algún tratamiento médico y descarté esa posibilidad: soy alérgica a todos los medicamentos. Tampoco el alcohol era una opción, no había probado siquiera la copita de vino del mediodía. Para descartar la última de las dudas, di una discreta patada a la columna que tenía a mi lado: era sólida, no la estaba imaginando. “Estoy bien”, me dije.

Animada por la deducción, primero, y la excitación, después, tomé del estante un libro que reproducía carteles de películas de Humphrey Bogart. Coloqué el volumen bajo mi nariz e hice que las páginas pasaran velozmente. Una tufarada a tabaco rubio me hizo agitar la mano para apartar el humo de mi rostro. Enseguida escuché la voz gangosa de Bogie invitándome a acompañarlo y, de su mano, paseé por cada escena de cada póster.

Cuando el encargado tocó mi hombro para indicarme que el establecimiento cerraba, se me cayó el libro al suelo. Miré mi reloj y vi que había permanecido tres horas en el interior de la tienda. Avergonzada por aquel abuso, me despedí de los dependientes que me observaban escamados y salí a la oscuridad del invierno.

Aquella noche no dormí. Ni siquiera lo intenté. Mi marido no notó nada extraño ni yo le conté lo que me sucedía. No me hubiera creído. El derecho no es una disciplina preparada para lo intangible y la personalidad de mi marido es perfecta para la abogacía. Pasé la vigilia deseando colarme dentro de los millones de imágenes que me esperaban y descarté, sin el menor género de dudas, intentarlo con mis fotos familiares o de la boda. Decidí disfrutar de las vacaciones atrasadas a partir del lunes siguiente. Al comentarlo con mi marido durante el desayuno, me respondió que estaba loca por querer pasar quince días sin nada que hacer.

Aquellas dos semanas en la planta baja de la FNAC fueron perfectas. Planifiqué escrupulosamente el temario que tenía a mi disposición y dediqué varios días a los hoteles más exclusivos del mundo. En Kenia, me alojé en un bungalow de cien metros cuadrados decorado con maderas y tejidos exóticos; desde la cama divisaba un lago al que, al amanecer, iban a beber los elefantes. En Bali me relajé con un placentero masaje a cuatro manos envuelta en aromas y vapores subyugantes. En Nueva York disfruté de unas vistas inmejorables a un Central Park otoñal desde la suite más glamurosa de la ciudad.

El arte Románico, el Kamasutra y los fondos de coral en Australia ocuparon el resto de mis vacaciones.

A las diez de la mañana solía presentarme en la puerta del establecimiento con un bocadillo y una botella de agua. No salía hasta que, amablemente, me acompañaban a la salida. Los dos primeros días fueron tensos, los trabajadores me miraban de reojo y no se atrevían a decirme nada, pero, al tercero, el responsable de la planta se acercó al puf negro que estaba a disposición de los clientes y me informó de que quería hablar conmigo. Tuvimos una conversación civilizada, de menos de diez minutos y le expuse con gran claridad la situación. Nunca se me dio mal la argumentación: en el bufete siempre me encargaba yo de las alegaciones. Volví a mi mullido asiento con  soltura y ya no se volvió a hablar del asunto.

Al volver a mi puesto de trabajo, solicité la baja indefinida. Fue la mejor solución. Desde entonces, paso los días en cualquier librería. No tengo tiempo de cortarme el pelo, ni de comprar ropa o de ir al médico. Mi marido me ha pedido el divorcio y eso lo hace todo más sencillo. No podrá acusarme de abandonarlo cuando no vuelva de alguno de mis viajes.

 

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