Mi once de marzo

Mi once de marzo

Raquel escogió el día del atentado para acabar con una relación que ya duraba tres años. Ignoraba qué le había impulsado a tomar la decisión pero al ver las imágenes apocalípticas emitidas por televisión, sintió la necesidad urgente e inaplazable de romper con Simón. Aquel acontecimiento brutal le hizo pensar en la vida. Si alguna vez se la arrebataban, al menos que fuera la suya.

Esa mañana soleada cuidó especialmente su vestuario sin reparar en la frivolidad de ese detalle un día semejante. Si él apreciara cualquier descuido en su aspecto, sabría que algo no andaba bien. Todo formaba parte del vínculo que les unía y cualquier improvisación podía ser un hilito porque el que la madeja se deshiciera. El tiempo que habían pasado juntos había logrado sellar un contrato no escrito con decenas de cláusulas perfectamente estipuladas.

Cerró cuidadosamente la puerta de su casa y decidió bajar a pie las escaleras. Quería saborear el momento. Una vez en la calle, el silencio y la quietud la atraparon por sorpresa. Alejada del televisor y del terror que desprendía, el resorte que la había impulsado a salir había desaparecido y por un momento pensó “¿qué hago yo aquí?”. Su atuendo la devolvió a su misión y corrió hacia el metro. El ambiente bajo tierra era más siniestro que de costumbre y los viajeros deambulaban con la mirada perdida. La luz blanquecina de los fluorescentes resaltaba la perplejidad de los viajeros como si fuera el foco gigante de un interrogatorio colectivo. Raquel se sintió una intrusa: iba camino de otra ceremonia con un único invitado.

El vagón se detuvo en la estación y sólo ella corrió para encontrar un asiento libre. El resto de pasajeros se movían absortos, sin encontrar su lugar adecuado. De repente, la asaltó el miedo de no saber por dónde empezar a explicarse con Simón e improvisó mentalmente un discurso. Una idea estúpida la hizo sonreír ¿y si él se ocupara de eso también? Siempre se lo había dado todo masticado y ahora que se acercaba el momento más difícil, lo necesitaba. Elegir un menú, una película, decidir el lugar de vacaciones o el modelo del coche y, por supuesto, hacer planes de futuro corría a cargo de Simón. Solía comunicarle sus decisiones pormenorizadas y ella no tenía más que cumplir el guión. Nunca se había sentido decepcionada con sus condiciones. Solía pedirle lo que ella deseaba ofrecerle puesto que el sueño de él se había convertido en el de ella.

A medida que el vagón quemaba etapas, Raquel hacía mayores esfuerzos por recuperar el impulso que la precipitó a romper. El traqueteo del viaje estaba logrando encajar sus pensamientos y parecía que su cerebro se ordenaba. Ahora lo entendía.  El atentado no estaba escrito en su guión conjunto y ninguna cláusula explicaba qué hacer en casos similares. Por eso se había precipitado. ¡Qué estúpida había sido!

Cuando salió a la superficie estaba radiante. El sol y el aire limpio acabaron por convencerla de que su idea había sido una estupidez y corrió hacia el autobús que la llevaría a casa de Simón. Su aspecto, a pesar del metro, seguía siendo inmejorable y se felicitó por no haber cedido al impulso de salir de cualquier manera de su casa.

El autobús llevaba la radio a todo volumen y el tono desquiciado de comentaristas y reporteros impregnaba el ambiente. La tragedia era de proporciones descomunales, se repetía sin cesar, y, según las declaraciones de los testigos, la sensación de irrealidad en las zonas del atentado superaba cualquier experiencia traumática conocida. Un testigo confesaba no poder eliminar de su cabeza las melodías de los móviles que sonaban entre el amasijo de hierros y restos humanos. Raquel sintió un escalofrío.

Bajó del autobús deseando encontrarse con su novio, volver a la normalidad, a la perfección. El mantel recién planchado, la vajilla conjuntada y el menú apropiado ratificarían su decisión.

A diez pasos del portal de Simón, una llamada a su móvil la detuvo:

– ¿Raquel?

– ¿Sí?

– ¿Conoce usted a Simón Santos?

– Claro, soy su novia, dígame.

– Le llamamos del Instituto Anatómico Forense.