Mi estrella de la fama – Microrrelato

Mi estrella de la fama – Microrrelato

Hace casi medio siglo yo no era más que una camarera con silueta de salchicha frankfurt y melena de color yema de huevo cocido. Trabajaba en Angel’s, una coctelería que jamás echaba el cierre, situada a doscientos metros de los estudios Universal. Por nuestro local se acercaba, en un momento u otro de su vida profesional, desde el último tramoyista hasta la más efímera y rutilante estrella cinematográfica.

El verano de 1932 logré un papelito de reparto en la última producción de la Garbo. Un cuchicheo entre dos actrices regordetas y morenas mientras les servía una copa espoleó mi vena artística. Al día siguiente, murmuraban, se celebraría un casting para actrices de reparto sin frase.

Llegué sofocada a la prueba. El olor a humo y lejía –acaba de darle un buen repaso a las mesas del club- me perseguía como un moscón revoltoso. El tufillo impregnaba mi falda tubo y la blusa de raso negra con motitas rosa palo que me había puesto a la mañana con la esperanza de parecer una actriz seria. Me subí a mis mejores zapatos de tacón antes de que el ayudante del ayudante de la directora de casting pronunciara mi nombre y apellidos y respiré hondo tres veces, como había oído decenas de veces que hacían los profesionales antes de actuar. El cartel pegado a la puerta metálica por la que se accedía al escenario decía: “se buscan actrices para acompañar a La Divina en Grand Hotel”. Mi mayor preocupación era si podría vislumbrarla entre los espectadores que se sentarían en el patio de butacas.

A los tres días estaba trabajando en la primera producción de mi vida. Nada más pisar el plató en el que rodaríamos durante los próximos quince días, supe que aquel mundo no era el mío. Los focos renqueantes, las decenas de escaleras, grúas y trípodes, los platos y vasos de plástico abandonados aquí y allá y el suelo alfombrado de colillas no eran el atrezzo que mis recientes aspiraciones buscaban. Además, aquel día nadie la mencionó, ni siquiera sabíamos si participaría en alguna escena. Los actores de bulto no teníamos derecho a nada parecido a un guión y debíamos conformarnos con las indicaciones a voz en grito del regidor.

La jornada finalizó a las siete en punto. Me cambié tan rápido como pude y salí de la nave donde grabábamos. Anochecía, y el cielo color salmón estaba repleto de jirones de nubes negras. Sólo ellas parecían a mi alcance. Deambulé agotada por los exteriores del estudio buscando su camerino hasta que di con él. La puerta, entreabierta, permitía adivinar una luz desvaída. Tardé unos segundos en comprender que ella estaba a sólo unos metros de mí. Antes de decidirme a algo en concreto, escuché un tenue reguero que caía y chocaba contra algo sólido, hielo, deduje enseguida. Interpreté el sonido de aquella escuálida cascada como un saludo de bienvenida. Empujé unos centímetros la puerta y asomé la cabeza.  A medida que mi vista se acomodaba, emergía de la penumbra el contorno de una mujer recostada en una chaisse longue de película. Sus piernas, cubiertas por unos pantalones de raso descansaban una sobre la otra y el tronco, incorporado sólo a medias, apoyado sobre un codo, se transparentaba tras su camisa de gasa con lazada al cuello. Aquella mujer era etérea como el humo que desprendía el cigarrillo aprisionado a la boquilla que sujetaba entre los dedos. Su mirada permanecía anclada al fondo de la copa de coctel que sostenía en la otra mano. Nunca supe si reparó en mi insignificante presencia pero yo no pude evitar decirle con un hilo de voz: “buenas noches”.

Durante el resto de la semana, al apagarse los focos y desaparecer aquel universo ficticio que creábamos a diario, pasaba delante de su camerino y pronunciaba un enérgico “buenas noches” con  el último aliento que me quedaba. Ni una sola vez obtuve repuesta.

Nunca olvidaré el penúltimo día de rodaje. Los tacones de 14 centímetros sobre los que debía permanecer clavada y sonriendo durante horas y horas se me hicieron más punzantes que de costumbre. Cuando me deshice de los zapatos y los entregué a vestuario, se me escaparon dos lágrimas de puro agradecimiento a la vida. Por inercia, me dirigí al camerino de La Divina antes de encaminarme a la salida de los estudios pero olvidé por completo mi saludo diario. Entonces, un segundo después de pasar de largo delante de su puerta, una voz cavernosa y frágil al mismo tiempo preguntó:

-“¿Buenas noches?”.

En aquel instante comprendí que ese sería mi mayor momento de gloria en la meca del cine.

 


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