Mariana – Microrrelato

Mariana – Microrrelato

1
Hace tres días Mariana me pidió que la ayudara a morir.
A las nueve de la mañana del sábado pasado descolgué el teléfono sobresaltada. “No son horas” fue lo primero que pensé colocando sobre la mesa del comedor mi bandeja con el desayuno. Era mi mejor amiga quien llamaba. Casi cuarenta años de amistad y cientos de conversaciones telefónicas no me hicieron sospechar que esa iba a ser diferente.

Me preguntó si me encontraba bien. Le contesté que sí, que no había novedades, sólo los achaques de costumbre que tan bien conocía. Luego quiso saber si Rafa, mi marido, estaba en casa. Le contesté que había bajado a por el periódico y a por algunas chucherías de jubilado. Cuando confirmó que me encontraba sola, me dijo que me sentara, que tenía algo importante que decirme. El instinto me aceleró el corazón. La solemnidad no era propia de Mariana y no la utilizaría si no fuera para lo peor. Entonces me lo preguntó “¿Me ayudarás a morir, Julia?”.

2
Nos conocimos en la Universidad. Ella era profesora y tenía coche. Yo todavía era una estudiante en segundo de carrera. La casualidad quiso que un día de lluvia se apiadara de mí cuando esperaba solitaria al autobús. Al principio me intimidó: su mirada parecía severa y sus manos apretaban con fuerza el volante. Yo sentía debilidad por las manos, estudiaba medicina y quería ser cirujana. En apenas unos minutos, su tono de voz sosegado y sus comentarios informales aliviaron mi tensión.

La segunda vez coincidimos en un acto feminista de la universidad. Me alegró que me reconociera. Vino directa a mí y se ofreció para bajarme al finalizar la asamblea. Encantada, le respondí que sí. En el coche me habló de su marido y de su deseo de ser madre. Sus confidencias me halagaron. Las mías esperaron bastante más tiempo. Me intimidaba su brillante carrera a pesar de su juventud. Mis estudios y mis dudas apenas ofrecían nada interesante que contar y yo entonces vivía para escuchar. Cuando bajé del coche, me pregunté qué habría visto en mí. Años después lo supe: ganas de vivir. Eso la contagiaba, me confesó.

3
Mi primer impulso tras su petición fue responderle que sí, que cuándo. La fuerza de la costumbre y su tono natural al preguntarme me empujaron a la aceptación espontánea pero mi postura agarrotada y mi estómago encogido indicaban la gravedad del momento. No sólo por lo que me pedía, sino por lo que había decidido hacer. Necesitaba mi ayuda, no mi aprobación. No tenía que pedirme permiso para nada.
Cuando sentí el portazo de Rafa al volver a casa reparé en el teléfono, estrujado en mi mano como un pañuelo lleno de mocos y contesté a Mariana que lo pensaría. Al colgar, maldije mi profesión, mi carrera de internista, mi defensa de la eutanasia, mi maldita bocaza y juré como no lo había hecho nunca. También me di cuenta de las trampas que nos ponemos cuando opinamos, cuando nos creemos más listos que nadie, cuando nos imaginamos valientes, cuando es al paciente o a un familiar al que le toca firmar una sentencia y no a una misma.

4
La tercera vez nos encontramos en la cafetería de la Facultad de Medicina. No se quedaba embarazada, me dijo, y había ido a buscar opiniones entre algunos profesores. Intercambiamos nuestros teléfonos. Los primeros números en común. Meses después conocí a su marido. Aunque parecía feliz, el nacimiento de su hijo la descolocó y los primeros años de vida del niño la volvieron loca. Era su sentido de la responsabilidad, no quería fallar en nada. Poseer cuanto deseaba la aterraba.
Acabé mi carrera sin sobresaltos y las prácticas me llevaron a setecientos kilómetros de casa. Aquellos años apenas dieron tregua a mi agotamiento pero las conversaciones telefónicas con Mariana me daban fuerza. “Eres una mujer y lo puedes todo”, me decía. Yo la creí, ella era mi ejemplo. Los domingos que no tenía guardia, la llamaba y me contaba de su marido, de su hijo. Abandonó su puesto de profesora en la universidad y abrió bufete en su casa. Quería ser la mejor madre.

5
Sentada frente a la bandeja del inútil desayuno, comprendí por qué Mariana me había apoyado tanto estos últimos años en mi lucha. Su vida iba en ello. No pude evitar una sonrisa comprensiva a pesar de todo. Las dos hemos sido mujeres de objetivos, me dije. En un país tan gris, tan de copa y puro, con tanto cenutrio suelto, las mujeres tenían que abrirse paso a codazos, o a patadas, o a navajazos. Si no sabías lo que querías andabas lista. Mariana siempre lo supo. Yo lo aprendí con ella.
Sin apenas reparar en mí, Rafa se sentó a desayunar con la cara despreocupada de los fines de semana cuando te sientes satisfecho con solo ojear un periódico. No le dije nada y sospecho que jamás le confesaré lo que ha sucedido. No quiero que se haga preguntas respecto a mí. Es un hombre. Es un hombre hecho. No se le puede cambiar una pieza del rompecabezas y esperar que lo asimile, que diga “vale, te comprendo, lo acepto”. No viviría lo suficiente para entenderlo.

6
Mi carrera me llevó durante años de un lado para otro. Conocí a mi marido en el último destino antes de volver a casa. Cuando se lo presenté a Mariana, mi sonrisa congelada (hay fotos de aquello) revelaba mi ansiedad. En un aparte, me llevó a su despacho y me tranquilizó. Rafa le gustaba. “Será un buen padre -me aseguró-. Mira cómo trata al niño”.
La adolescencia de su hijo la trajo por la calle de la amargura. Invertía su frustración en sus casos: se convirtió en la abogada matrimonialista de referencia. Daba miedo y su marido y su hijo apenas paraban por casa. Ella los reclamaba a gritos ignorando que era así como los alejaba de su lado. Su soledad la fue avinagrando. Cada vez venía más a menudo por casa y mis hijos la llamaban “tía”. Las cenas de los viernes con mi familia restaban crispación a sus gestos. Fue un viernes de aquellos cuando sonó el teléfono. Preguntaban por Mariana. Era la policía. Un accidente, dijeron.

7
Con la mirada fija en el periódico de Rafa comprendí por qué mi amiga había soportado la vida desde que perdió a su marido y a su hijo en aquel accidente en Ávila. Mariana, ahora lo sé, quiso vivir su duelo con la intensidad que merecía y desaparecer cuando ya no le quedaran más que los restos del dolor.
Dejé a Rafa saboreando su instante y con una estúpida escusa que ni siquiera oyó le dije que salía a comprar, que iba a hacer paella. Fui al mercado y deambulé por los puestos llenos de color, de ruido, de vida. Compré sin prestar atención a lo que la pescadera metía en la bolsa y con el plástico chorreando y oliendo a pescado fresco fui a mi consulta, casi sin darme cuenta, sin planearlo. Busqué en mi escritorio el talonario de recetas, garabateé el nombre de un medicamento que aún hoy me resulta imposible relacionar con Mariana y con aquel papel en una mano y la bolsa de la compra en la otra, volví a casa para la comida familiar de los sábados. La paella me salió como le salen las paellas a quien no pone el menor interés en lo que hace y las conversaciones a la mesa resonaban fuera de mi cabeza, como si llevara ese maldito casco para la permanente que me ponen en la peluquería.
A las siete le dije a Rafa que me iba al cine con Mariana. Media hora después toqué el timbre de su casa. Me abrió desde arriba sin preguntar y cuando subí la puerta estaba abierta. Entré y fui directa a su despacho, su lugar preferido desde que se quedó sola. La luz blanquecina de la lámpara de su mesa marcaba las arrugas de su cara y en ese momento reparé en que hacía años que mi amiga no estaba dentro de esa mujer a la que ahora yo entregaba una pequeña bolsa de papel. La cogió sin abrir la boca. Sólo un leve apretón en mi mano me hizo saber que aún estaba viva.

8
Ayer la enterramos.


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