Gajes del oficio – Microrrelato

Gajes del oficio – Microrrelato

Al golpear la aldaba de bronce, colgaba de la mano de Agustín el maletín de médico más atípico que un paciente serio pudiera imaginar. Parecía más bien una vieja bolsa de deporte con herramientas de fontanero. Mientras esperaba ante la puerta, saboreó la tranquilidad que se respiraba en el villorrio que le había tocado visitar esa mañana. Como la espera parecía ir para largo, se sentó en la escalera de la casona con la intención de acomodarse al ritmo caribeño de los pueblos, aunque estén situados en lo más recóndito de la sierra y en un entorno poco dado al meneo de caderas. Repasó mentalmente las noticias con las que lo habían puesto al día en el bar cuando llegó a primera hora y se desayunó y entonces cayó en la cuenta de que tenía más información de alguno de sus habitantes que de muchos de los vecinos del bloque en el que vivía desde hacía cinco años. Treinta minutos bien empleados dan para un buen repaso a la vida de un pueblo si se sabe ir al grano.

A punto de levantarse para avisar de nuevo de su llegada, oyó ruido proveniente del interior y, tras un minuto de forcejeos con el portón de madera, el médico se vio cara a cara con su paciente. Lo supo porque cumplía el perfil descrito en el historial médico que le había llevado hasta ese lugar del mundo: octogenario, asmático y en silla de ruedas. Respondía también a la descripción, algo menos profesional, de los parroquianos de la cantina: intratable y paralítico.

El anciano lo invitó a entrar con un gesto autoritario. Agustín supuso que sus pulmones le permitían pocas alegrías y las frases protocolarias eran poco menos que una extravagancia cuando apenas se tenían fuerzas para respirar. Al traspasar el umbral, el médico se maravilló de lo que apareció ante sus ojos. Le vino a la cabeza su destartalado apartamento de 48 metros cuadrados útiles según escrituras y apenas pudo contener unas lágrimas de autocompasión.

El paso lento con el que debía acompañar al anciano le permitía observar con detalle el patio interior de la casona. Enseguida se percató de que no eran sus dimensiones ni su solidez lo que lo impresionaban, sino la sensación de estar penetrando en otro mundo. El abuelo debió de percibir algo porque lo miró de reojo y se adivinó en su boca una mueca retorcida. Llegaron a la cocina en completo silencio. Una vez dentro, el anciano lo invitó a sentarse con un movimiento parecido a un espasmo y, sin más preámbulo, le lanzó sobre la mesa un álbum de fotos. Su paciente trajinaba torpemente por la cocina removiendo cacharros y, por el caos que reinaba, Agustín dedujo que, o bien el viejo no tenía ayuda doméstica o bien ésta no era digna de considerarse como tal. Lo dejó hacer.

Volvió la vista al álbum y pensó que si el anciano no se lo había lanzado a la cabeza era porque debía abrirlo. La primera fotografía borró de su paciente cincuenta años de golpe. Lo acompañaban en la imagen una mujer morena con una sombra de bigote y delante, con pose marcial, tres niños con mirada de adulto.

Al levantar la vista de la foto, cayó en la cuenta de que el anciano lo observaba con la mirada líquida de los viejos y Agustín pensó que eso no podría sucederle en Madrid. Los recuerdos de sus habitantes estaban en el rastro y las casas no tenían espacio para el pasado.
El médico ya sabía –aquel desayuno con los lugareños había dado para mucho- que ninguna de las personas de la fotografía, excepto su paciente, estaba viva y cuando pensaba en qué decirle al pobre hombre, éste sacó de su pantalón un sobre amarillento. Antes de que se lo lanzara, el médico se lo cogió de la mano. Sus miradas volvieron a cruzarse y a pesar de la cortina en los ojos del anciano, un destello de triunfo la traspasó. Agustín extrajo con delicadeza la carta que contenía el sobre y se sorprendió al descubrir el membrete de la Guardia Civil.

“Lamentamos comunicarle que todas las acciones emprendidas han sido infructuosas. Las pistas han sido investigadas en la medida de nuestras precarias posibilidades. Oficialmente, damos por desaparecida a su esposa y a sus tres hijos. Que Dios le dé fuerzas para sobrellevar su desgracia”.

El pitido de la tetera devolvió al médico a la cocina y éste se apresuró a retirar el agua del fuego. Cuando se volvió, una pala de cavar en el regazo del abuelo devolvió a Agustín al aquí y al ahora. El abuelo se la tendió y le pareció de lo más natural recoger el testigo. No sabía por qué, pero le había tocado y, lo que era más extraño, empezaba a sentirse elegido para la misión.

Con el té abandonado a su suerte, Agustín siguió a su anfitrión hacia el patio posterior de la casa. Comenzó a cavar con el ímpetu de un enterrador donde el anciano le indicó pero, a los dos minutos de propinar torpes paladas al suelo, tomó conciencia de su incapacidad. Al buscar la reacción del viejo, vio desprecio en sus ojos y a punto estuvo de gritarle que él era médico y no labrador pero un orgullo no identificado lo convirtió de repente en sepulturero. Cavó durante treinta minutos y cuando se encontraba al borde del colapso, el metal de la pala chocó con algo que sonaba hueco. Era madera. Agustín se giró hacia el anciano con una interrogación en su mirada pero éste contemplaba la escena impasible. Entonces, el dueño de la casa hizo avanzar con furia su silla de ruedas y se acercó a ese precipicio de apenas metro y medio. El médico comprendió que acababa de desenterrar un secreto y que, probablemente, el viejo, al ver próxima su muerte había decidido que quería ser enterrado junto a los suyos.

Pudorosamente, se apartó unos pasos para, lentamente, dirigirse hacia la casa. Antes de desaparecer, oyó al esposo y padre de familia lanzar al foso un escupitajo denso y cargado de medio siglo de rabia.


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