Final de viaje – microrrelato

Final de viaje – microrrelato

Mr. Roberts había desayunado lo mismo durante los últimos veinte años pero sospechaba que esa mañana algo le había sentado mal. No sabía si sería el bacon, demasiado frito en un aceite recalentado, o la tal vez fuera la leche del café que, ahora que lo pensaba, podría estar caducada. No solía prestar atención a esos detalles domésticos propios de una esposa, algo que él jamás había tenido.

La solitaria carretera por la que circulaba desde que se desvió de la interestatal parecía serpentear ante sus ojos. Le costaba mantener el rumbo del vehículo y se aferraba al volante pues temía desvanecerse. El ruido de los neumáticos contra las lascas del camino lo mantenía despierto pero, a medida que avanzaba, su eco se hacía más y más lejano. Un agudo e intenso dolor en el pecho lo despertó de su ensueño durante un instante, el necesario para confirmar sus temores. De repente, algo en su interior estalló y cientos de esquirlas duras como el cristal se clavaron en sus entrañas. Un túnel negro y viscoso lo succionó.

Cuando abrió los ojos, su viejo y fiel automóvil se encontraba en la cuneta de la carretera, varado como una ballena gris de piel sin brillo. Mr. Roberts salió trastabillando, miró a un lado y a otro, se palpó los muslos y se enderezó. Nada a su alrededor había cambiado. La carretera seguía ante sí. Ahora el sol estaba en lo más alto y él tenía la boca tan seca como el asfalto que pisaba. Tendré que continuar a pie, se dijo, por una parte aliviado por estar vivo pero, por otra, desconcertado ante la quietud que lo rodeaba.

Sacó su barato maletín del coche y echó a andar con él obligándose a hacer acopio de su férrea determinación de vendedor ambulante. Más adelante se toparía con algún signo de vida, pensó, un pequeño hotel de carretera en el que poder beber un poco de agua, un cartel que le indicara dónde se encontraba. El sonido de la suelas de los zapatos contra las piedras volvía a ser su única compañía. Y el sol. Ese sol que calentaba el tejido de su traje de tergal como si fuera uralita. Un rato después -era incapaz de saber cuánto, pues acababa de comprobar que el reloj se había detenido tras el accidente-  las primeras gotas de sudor mojaban su columna vertebral y la camisa se adhería a la espalda.

Mr. Roberts creyó ver algo o alguien más adelante, en el borde de la carretera. Cualquiera de las dos opciones sería preferible a aquella soledad. A medida que se acercaba a su objetivo, sus contornos se hacían más nítidos hasta que distinguió lo que parecía ser un letrero: dos tableros estrechos y delgados, uno clavado en la tierra cruzado en sentido horizontal por otro similar. La madera estaba ennegrecida. Aunque se enjugó el sudor de la frente con el dorso de su mano, no pudo distinguir lo que estaba escrito. Las grietas de la madera se habían tragado lo que podían haber sido letras pintadas de amarillo. Sólo quedaban restos de pintura descascarillada. Mr. Roberts se apoyó en el madero como quien, a punto de desfallecer, se reclina en el hombro de un desconocido y sintió cómo la última gota de saliva que le quedaba en la boca se secaba.

Decidió dejar el maletín y la americana al pie del inútil cartel -los recogeré cuando regrese con alguien a por el coche-, y continuar hacia la línea del horizonte. No podía salir de la carretera pues se encontraba rodeado de tierra, una tierra rojiza y gruesa, dura como los restos de lava fosilizados de un volcán muerto. Al menos, eso es lo que había leído en aquella enciclopedia sobre naturaleza que había adquirido a plazos hacía lustros. Pensaba en ello, cuando, distraído, se desató el cinturón y se sacó los faldones de la camisa -empapada a esas alturas- y sintió alivio al comprobar que un leve viento penetraba y enfriaba el sudor.

El sol se escondía tras el horizonte –me dirijo hacia el oeste, dedujo-, cuando creyó ver un pequeño pueblo. Quizá, después de todo, pueda ducharme y descansar, pensó esperanzado.

Todavía no era de noche cuando llegó. Las viviendas parecían sombras de sí mismas, construidas más que de piedra, de sueños. Son como las casas que aparecen cuando uno tiene una pesadilla, se dijo Mr. Roberts. Ningún indicador daba cuenta del nombre del pueblo.  No se veían farolas ni luces a través de las ventanas. Éstas parecían las cuencas vacías de un espectro. Las callejuelas no estaban asfaltadas y corría por ellas un reguero de agua que a punto estuvo de lamer, aunque, una vez agachado, pensó, alguien encontraré que pueda ofrecerme un vaso de agua potable. El fresco del atardecer estaba tornándose frío y echó en falta su americana, también el maletín donde guardaba sus tarjetas de presentación por si necesitaba echar mano de ellas.

Mr. Roberts escuchó cómo se abría una puerta o ventana sobre su cabeza, alzó el rostro y vio que alguien se asomaba a un balcón.

-¿Eh, oiga!- gritó. Necesito su ayuda. He sufrido un accidente.

La mujer sacudió un mantel y volvió dentro de la casa. No había oído sus palabras y si lo había hecho, no se había dado por enterada. No obstante, Mr. Roberts se sentía aliviado pues, por un momento, había creído que el pueblo estaba deshabitado.  Callejeó buscando otro ser humano cuando, de golpe, se dio cuenta de que iba descamisado, con el cinturón desabrochado y pensó, claro, cómo iba a dirigirme esa mujer la palabra si parezco un mendigo. Se atildó la ropa, se mojó la cara y el cabello con el agua del reguero y se sintió mejor.

Lo que parecía un espectro en medio de una calle, se transformó, a medida que Mr. Roberts se aproximaba hacia él, en un hombre con un niño en brazos. Aunque le resultaba imposible distinguir los rasgos de ambos -por la oscuridad, dedujo con algo de aprensión-, pensó que lo mejor sería hacerle una carantoña al pequeño a modo de saludo pero, para su sorpresa, éste ni se inmutó.  Siguió jugando con su cochecito de plástico y, a pesar de las estúpidas palabras que Mr. Roberts se vio obligado a pronunciar, ni el niño ni el adulto le dirigieron siquiera una mirada.

Una cantina, un hotelito será lo mejor, se dijo. Si hay alguna mercancía que vender o un servicio que contratar de por medio, seguro que no me ignoran. Suerte que guardé la cartera en el bolsillo del pantalón y llevo dinero encima. Nadie dice que no a un billete del tío Tom.

La falta de luz dificultaba su búsqueda y cuando empezaba a desesperar, escuchó un murmullo de voces que provenían de detrás de una puerta mayor que las demás. La empujó y se topó de frente con un bar minúsculo alrededor de cuya única mesa estaban sentados tres clientes. El camarero, tras la barra, no le dedicó ni una mirada al entrar, a pesar de que Mr. Roberts se acercó con una mueca que pretendía ser una sonrisa confiada. Con la misma actitud pidió en voz alta un vaso de agua, por favor, pero el camarero seguía sin darse por aludido. Mr. Roberts repitió esas mismas palabras sacudiendo un billete de diez dólares pero, nadie, tampoco los tres lugareños, se giraron para mirar al intruso. Era como si nadie hubiera entrado en el bar.

Salió del local abatido, con una quemazón en su interior que había experimentado en multitud de ocasiones con anterioridad. Eres un don nadie, John. Ni siquiera cuando te estás muriendo alguien te echa una mano. Esa es la triste historia de tu vida. Eres invisible.

Un perro huesudo y viejo parecía esperarlo a la salida. Aunque no le agradaban los animales, se agachó para acariciarlo pero se escabulló de entre sus manos sin emitir señal alguna de haberlo visto y siguió calle abajo. Atónito por lo que acababa de sucederle, Mr. Roberts se dejó caer lentamente en el bordillo de la acera decidido a convertirse en un habitante más de aquel pueblo fantasma. Entonces dejó de tener sed.


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